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Además de su colección permanente, el Museo de Bellas Artes de Bilbao propone regularmente un importante programa de exposiciones temporales.

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, de

Hiperrealismo 1967-2013

Sala BBK

07|10|14 19|01|15

La sala BBK del Museo de Bellas Artes de Bilbao acoge la primera gran retrospectiva en Europa con 68 obras emblemáticas del movimiento pictórico hiperrealista, desde sus inicios hasta la actualidad.


Esta exposición constituye la primera gran retrospectiva europea del movimiento hiperrealista y reúne 68 obras procedentes de diversas colecciones realizadas por los miembros más representativos de este estilo pictórico, desde sus inicios en Estados Unidos a mediados de la década de los años sesenta hasta su posterior desarrollo internacional, que llega hasta nuestros días. Se exhiben pinturas de 34 artistas a partir de la primera generación de maestros norteamericanos –John Baeder, Tom Blackwell, Chuck Close, Don Eddy, Richard Estes o Ralph Goings, entre otros– hasta diversos pintores actuales.


La muestra se distribuye por orden cronológico y comienza con los fundadores del fotorrealismo norteamericano de los años sesenta y setenta: John Baeder, Robert Bechtle, Charles Bell, Tom Blackwell, Chuck Close, Robert Cottingham, Don Eddy, Richard Estes, Audrey Flack, Franz Gertsch, Ralph Goings, John Kacere, Ron Kleemann, Richard McLean, Jack Mendenhall, David Parrish, John Salt y Ben Schonzeit. Esta sección incluye obras míticas del movimiento, como las célebres cabinas de teléfono de Estes o la iconografía de los restaurantes de comida rápida de Goings. Las dos siguientes generaciones, desde los años ochenta hasta nuestros días, representan la internacionalización del movimiento y su redefinición a partir de las nuevas posibilidades técnicas propias de la era digital: Anthony Brunelli, Davis Cone, Randy Dudley, Robert Gniewek, Gus Heinze, Don Jacot, Bertrand Meniel, Rod Penner, Bernardo Torrens, Roberto Bernardi, Clive Head, Ben Johnson, Peter Maier, Robert Neffson, Yigal Ozeri y Raphaella Spence.


Cerca de cincuenta años tras su aparición, el hiperrealismo continúa vigente en nuestros días y siguen aún en activo muchos de los pintores que dieron inicio al movimiento. A ellos se han ido sumando artistas de diversas generaciones que han dado a este estilo carácter internacional.


Organizada por el Institut für Kulturaustausch (Instituto para el Intercambio Cultural) de Tubinga (Alemania) y comisariada por su director, Otto Letze, la exposición se inauguró en la Kunsthalle de Tubinga y viajó más tarde a varios museos europeos, entre ellos el Museo Thyssen‐Bornemisza (Madrid) y el Birmingham Museum & Art Gallery (Reino Unido), instituciones en donde se presentó con éxito el pasado año.


 


Hiperrealismo

A mediados de los años sesenta surgió en Estados Unidos un grupo de artistas, que utilizando la fotografía como base, pintaban con gran realismo objetos y escenas de la vida cotidiana contemporánea. Formaron el movimiento hiperrealista, que en el mundo anglosajón se conoce con el término photorealism.


El movimiento establecía que eran “fotorrealistas” aquellos artistas que abiertamente empleaban la cámara fotográfica como herramienta esencial para ejecutar sus pinturas. Trasladaban la imagen al lienzo lo más objetivamente posible y con una ejecución tan minuciosa que producía en el espectador una sorprendente ilusión de realidad, privada de cualquier emoción.


La amplia representación del movimiento en la Documenta de Kassel de 1972 supuso su consagración y, sobre todo, produjo gran revuelo en un panorama artístico que desde 1945 había estado dominado por el arte abstracto. La crítica lo calificó como anti-intelectual y reaccionario: “no es arte, sino virtuosismo copista”.


La figuración centrada en representar temas intrascendentes y el método pictórico basado en el uso de imágenes fotográficas llevadas al lienzo mediante procedimientos más o menos mecánicos generaron una auténtica convulsión en el mundo del arte. A pesar de ello la vinculación entre fotografía y pintura no era nueva y ya desde el impresionismo, y hasta las serigrafías pop de Warhol, entre otros, el interés por la realidad y el entorno personal del artista tuvo en el uso de la cámara un aliado fundamental.


Con la incorporación de la moderna tecnología de la imagen, el hiperrealismo abrió un enorme campo para el arte, que desde entonces no ha cesado de aprovechar sus avances. Si en un primer momento los artistas utilizaron imágenes publicadas en periódicos y revistas, más tarde decidieron realizar ellos mismos la toma fotográfica. Trasferían después la imagen al lienzo utilizando un sistema de cuadrícula o de proyección de diapositivas para, finalmente, ejecutar la pintura con pincel o aerógrafo. En la actualidad la era digital ha añadido el uso de cámaras fotográficas de alta resolución, ordenadores y programas de imagen que han revolucionado el oficio de pintar y que permiten a cada artista elaborar un método propio y a la medida de sus intereses. La laboriosidad técnica y la ejecución precisa de estas obras, generalmente de gran tamaño, producen en el espectador un asombro que remite a géneros centrados en el uso del trampantojo y en la reproducción fiel de brillos y texturas, presentes en otros momentos de la historia del arte, como las naturalezas muertas del barroco español o de la pintura holandesa del siglo XVII.


Además del uso de la cámara, el movimiento hiperrealista heredó del pop la pasión por los iconos de la sociedad de consumo y el mundo de la publicidad, aunque la ironía pop es sustituida en el hiperrealismo por la distancia emocional. Comparten ambos movimientos el gusto por las superficies acristaladas de los escaparates que permiten recrearse en las imágenes que se reflejan deformadas en ellos, los automóviles y las motos relucientes, los letreros luminosos de los cines y teatros, el colorido de los restaurantes de comida rápida y sus botes de ketchup, la arquitectura art decó o la iconografía kitsch. Son fragmentos de la vida cotidiana norteamericana, escenas banales y artículos de consumo convertidos en motivo artístico. Temas intrascendentes del mundo que nos rodea dominado por la sociedad de consumo, la publicidad y los medios de comunicación de masas, captados primero a través de la fotografía y trasladados después al lienzo mediante un laborioso proceso completamente opuesto a la inmediatez de la instantánea fotográfica que da origen al cuadro. Los temas evolucionan desde los iconos culturales del american way of life hasta las grandes vistas panorámicas urbanas o las representaciones de figuras humanas, más propias de los hiperrealistas europeos.



Primera generación

Los pioneros del hiperrealismo trabajan de forma aislada en Nueva York y California a comienzos de los años sesenta del siglo XX, momento en el que la fotografía se revela como un instrumento importante para los medios de comunicación y la cultura de masas. Robert Bechtle pinta la vida cotidiana de los barrios de las ciudades norteamericanas; Richard Estes comienza a reflejar fragmentos del paisaje neoyorquino; Chuck Close trabaja cuestiones de escala al pintar sus célebres retratos sobredimensionados; y Audrey Flack, la única mujer de este grupo inicial, realiza sus primeros trabajos. En general, los temas seleccionados muestran los iconos culturales el estilo de vida norteamericano: Tom Blackwell pinta escaparates y motocicletas como símbolo de libertad; Ron Kleemann grandes camiones; Don Eddy las brillantes carrocerías de los automóviles y Ralph Goings American diner, los icónicos establecimientos de comida rápida.


Otros artistas producen naturalezas muertas con objetos banales. Charles Bell lo hace con coloridos juguetes de hojalata y máquinas recreativas, Ben Schonzeit con grupos de alimentos y Audrey Flack con objetos personales. Los motivos urbanos son también habituales. Robert Cottingham se interesa por las tipografías, Richard Estes por las cabinas telefónicas, y John Baeder y Ralph Goings por las escenas de restaurantes. El mundo rural, con sus modernos cowboys, y la clase media norteamericanase reflejan en las pinturas de Richard McLean, Jack Mendenhall o Robert Bechtle. Por último, el retrato es objeto de atención por parte de Chuck Close, que se pinta a sí mismo y a sus amigos, y del suizo Franz Gertsch, el único representante, junto con el británico John Salt, del hiperrealismo no estadounidense de esta primera generación.



Segunda generación

La segunda generación, que trabaja en los años 80 y 90 del pasado siglo, se caracteriza por la internacionalización del movimiento y por la introducción de las nuevas tecnologías digitales que permiten novedades compositivas. Los pintores se centran en paisajes urbanos de grandes dimensiones, a menudo en formato panorámico. El italiano Anthony Brunelli fotografía motivos con un objetivo gran angular para yuxtaponer después las tomas en el lienzo; Robert Gniewek refleja espacios urbanos nocturnos; Davis Cone pinta antiguas salas de cine; Rod Penner consigue una enorme precisión técnica a partir del uso de cámaras digitales de alta resolución; y Don Jacot pinta juguetes de hojalata.



Tercera generación

Los hiperrealistas actuales trabajan con los medios más avanzados para conseguir llevar el fotorrealismo a una nueva dimensión. La nitidez de los contornos y la alta definición que proporcionan las imágenes digitales hacen que el objeto representado se convierta, literalmente, en un objeto hiperreal. Roberto Bernardi representa bodegones de objetos, Bernardo Torrens desnudos femeninos, Raphaella Spence toma sus imágenes desde lo alto de rascacielos o desde helicópteros, Peter Maier se interesa por la representación de superficies y Ben Johnson por las arquitecturas. La fascinación por la ciudad sigue viva en artistas como Robert Neffson o Clive Head.


Son, pues, tres generaciones de artistas y cincuenta años de evolución de los temas y técnicas de un estilo que, utilizando la fotografía como punto de partida, continúa asombrando al público por la técnica impecable y por la precisión con la que es capaz de plasmar objetos y escenas del mundo que nos rodea.




En la imagen:
Don Eddy (Long Beach, California, 1944)
Sín título (4VWs), 1971
Pintura acrílica sobre lienzo. 167 x 241 cm
F. Javier Elorza

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