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Exposiciones

 

Desde el próximo 28 de junio, y hasta el 19 de septiembre, el Museo de Bellas Artes de Bilbao presenta una selección de cerca de ochenta obras de la pintura francesa del siglo XIX procedente del Petit Palais de París, que, en la actualidad, está llevando a cabo la reforma de sus instalaciones, que culminará en 2005. Esta circunstancia ha permitido de forma excepcional el préstamo de un amplio conjunto de obras pertenecientes a su colección -treinta y cinco pinturas, trece esculturas y treinta dibujos- que conforma una extensa panorámica sobre la pintura y escultura francesas del siglo XIX e incluye obras de sus más destacados representantes.

Entre la impresionante nómina de artistas que incluye la exposición DE INGRES A CÉZANNE. EL SIGLO XIX EN LA COLECCIÓN DEL PETIT PALAISse encuentran Ingres, Delacroix, Courbet, Daumier, Manet, Ribot, Bonnat, Degas, Claudel, Rodin, Carpeaux, Corot, Puvis de Chavannes, Carriére, Renoir y Cézanne. Desde el minucioso clasicismo de Ingres hasta la geometría de las formas tallada a través de la luz y el color de Cézanne, la exposición permitirá al espectador descubrir la riqueza del arte francés del siglo XIX.

La exposición, comisariada por Xavier Bray, conservador auxiliar de la National Gallery de Londres, en colaboración con Isabelle Collet, Amélie Simiers y José de los Llanos, conservadores del Petit Palais, pretende, además, aportar nuevas perspectivas para la apreciación contemporánea del arte francés del siglo XIX.

Construido para la Exposición Universal de 1900, el Petit Palais es un gran edificio en estilo belle epoque situadoentre los Campos Elíseos y la margen derecha del Sena. En 1902 se adecuó para alojar la colección municipal de arte de París y, desde entonces, ha ido creciendo hasta conformar una de las más destacadas colecciones de arte francés del siglo XIX.

El núcleo principal de la colección se remonta a 1870, fecha en la que los pintores y escultores recibían encargos para decorar los entonces recién construidos ayuntamientos e iglesias y para diseñar monumentos públicos. Muchos de los dibujos preparatorios y bocetos al óleo de esos encargos forman ahora parte de la colección del Petit Palais, que, a partir de 1902, continuó enriqueciéndose mediante las donaciones de los artistas o de sus herederos de numerosos dibujos, modelos en escayola, bocetos al óleo y otros elementos procedentes de los estudios.

En 1906, Juliette Courbet donó algunos de los cuadros que había heredado de su hermano Gustave, entre ellos, Les Demoiselles des bords de la Seine [Las señoritas a orillas del Sena (verano)], una obra que conmocionó a la sociedad parisina cuando se expuso por vez primera en el Salon de 1857. Más tarde, el conocido marchante y coleccionista de arte Ambroise Vollard donó su colección, que incluía obras de Cézanne y Renoir. Por su parte, el Petit Palais hizo importantes adquisiciones en los Salones y a los propios artistas, desde el contenido completo del estudio del escultor Aimé-Jules Dalou (1838-1902) en 1905, hasta obras concretas, como el célebre Combat de Giaour et du Pacha (1835) [La lucha del Infiel y del Pachá] de Delacroix, adquirido en 1963. Hoy en día, el Petit Palais alberga una de las más amplias e importantes colecciones de arte francés del siglo XIX de todo el mundo.

La colección del Petit Palais, estrechamente ligada a la ciudad y a sus artistas, aporta significativos puntos de vista sobre la sociedad, la política, la religión y las costumbres parisinas del siglo XIX. De Ingres a Cézanne permitirá a los visitantes explorar la obra de esos artistas y los estilos en los que trabajaron. Las pinturas, dibujos y esculturas se mostrarán en diferentes secciones que permitirán al público familiarizarse con los debates artísticos y con el contexto sociopolítico en el que los artistas estuvieron inmersos.

 

1- Línea versus color

La exposición comienza con el debate artístico sobre el dibujo o el color como mejores medios para plasmar el mundo que nos rodea. Este debate, que tiene su origen en la Italia del siglo XVI, fue también motivo de controversia entre los artistas franceses del siglo XIX. De hecho, fue el principal motivo de disputa entre Ingres, Delacroix y los seguidores de ambos, tal y como aparece reflejado en los dibujos y pinturas seleccionados para esta sala. Los dibujos de Ingres Monsieur Lavergne y Madame Lavergne (1818), por ejemplo, fueron ejecutados desde presupuestos intelectuales en los que la meticulosidad del dibujo trata de recoger las características de los modelos de forma casi fotográfica. Por el contrario, Delacroix aplicó una pincelada 'espiritual' y colores vibrantes para captar toda la emoción y la furia de su Combat du Giaour et du Pacha (1835).

 

2- El artista y su modelo

La segunda sección explora la relación del artista con el cuerpo humano. Ingres define la gracia de las formas femeninas en su boceto para L'odalisque à l'esclave (1838) a través de una pureza de líneas que persigue el ideal de belleza. A partir de parámetros clásicos similares, el paisajista Camille Corot baña el desnudo femenino con una luz suave que define la anatomía en L'Odalisque romaine (1843) [La odalisca romana]. Esta pintura, el único desnudo conocido de Corot, evoca, en su íntimo homenaje a la feminidad, la Maja desnuda de Goya. Por el contrario, los dibujos y esculturas preparatorios de Jean-Baptiste Carpeaux para su Monument de la Douleur (1874), inspirados en Miguel Ángel, son buena muestra del talento de este escultor, que acaparó encargos oficiales durante el Segundo Imperio, para dotar a sus obras de movimiento y expresión.

 

3- Retratos de artista

El papel y el estatus de los artistas sufrieron cambios fundamentales en Francia durante el siglo XIX, tal y como se muestra en esta sección, en donde se reúne una serie de sugestivos autorretratos de Gustave Courbet, Edgar Degas, Léon Bonnat y Jean-Louis Forain. Al plasmar el concepto de genio artístico que fue tomando forma durante el romanticismo, los artistas querían reflejar su alma torturada por la pasión creativa y, a la vez, mostrar al público su nueva consideración social. En uno de los muchos autorretratos de Courbet, Courbet au chien noir (1844), el pintor aparece representado como un caballero de paseo con su perro. Sosteniendo su pipa, nos mira confiado, casi desafiante, consciente de su posición social y de su habilidad para expresar sus opiniones a través de un lenguaje visual. Otras obras de esta sección incluyen un inusual retrato anónimo de los miembros del Atelier Delaroche, un retrato del pintor bilbaíno Eduardo Zamacois y autorretratos de Bonnat y Degas, así como el retrato de Manet de su amigo y mentor Théodore Duret (1868), a quien el pintor conoció en Madrid en 1865. Rompiendo los convencionalismos del retrato francés decimonónico, Manet se hace eco de Velázquez al situar al retratado sobre un fondo neutro y con una naturaleza muerta a su lado.

 

4- Courbet y el realismo

La sección analiza el movimiento artístico que se caracterizó por denostar la formación clásica y el uso de temas procedentes de la imaginación del artista en favor de un nuevo tipo de pintura en la que se representaba el mundo tal y como es. Uno de los mejores ejemplos de esta nueva visión del movimiento realista es el retrato colectivo de Courbet Pierre-Joseph Proudhon et ses enfants en 1853 (1865) [Pierre-Joseph Proudhon y sus hijos en 1853] que causó sensación la primera vez que fue expuesto en el Salon de París de 1865. Proudhon, fundador del socialismo francés y amigo de Courbet, fue una figura controvertida que nunca dudó en expresar sus opiniones y el autor de tratados tan importantes como Qu'est-ce que la propriété? Courbet empleó también el desnudo femenino para escandalizar al, por entonces, conservador público francés que visitaba los Salones. Les Demoiselles des bords de la Seine de Courbet, en donde se representan dos mujeres, posiblemente prostitutas, junto al Sena, originó la protesta del público cuando se exhibió por vez primera en 1857. El rechazo de Courbet a las representaciones clásicas de la feminidad y sus críticas al gobierno reaccionario de Napoleon III provocaron en artistas como Edouard Manet una reflexión sobre el papel del arte en la sociedad. Una de las obras más sorprendentes de la centuria, Le Sommeil (1866) de Courbet, fue encargada específicamente para el boudoir de un diplomático turco y muestra a dos mujeres desnudas fundiéndose en un erótico abrazo. Honoré Daumier, también crítico con la política contemporánea, realizó pequeñas esculturas caricaturescas de personalidades públicas, como políticos y jueces, algunas de las cuales se muestran aquí, que, en su momento, fueron tan polémicas que fue encarcelado durante seis meses. A pesar de los crecientes intentos por parte de los políticos y de la sociedad franceses por imponer la censura, los artistas jugaron un papel importante a la hora de reflejar su sociedad. Siguiendo el ejemplo de maestros de la pintura española como Zurbarán, Ribera, Velázquez y Goya, cuyas obras pudieron contemplar en la Galería Española de Louis-Philippe en el Museo del Louvre, algunos pintores, y, entre ellos, Théodule Ribot y Fernand Pélez, tomaron modelos del natural para representar la condición humana de la gente corriente sumida en la pobreza. Algunos ejemplos incluyen la obra de Ribot en la que representa a un anciano curtido y con apariencia de mendigo que remite a los apóstoles de Ribera y la de Pélez de una familia en la calle, Sans asile-Les expulsés (1883) [Sin asilo, los desahuciados], elogiada en su época como un reflejo veraz de la realidad social.

 

5- Sombra y luz: Carriere y Pélez

Carriére y Pélez, en el cambio de siglo, son dos personalidades, quizá, poco conocidas pero de gran singularidad. Eugéne Carriére fue una figura influyente, admirado y estudiado por Picasso y Zuloaga al inicio de sus carreras. Su obra se enmarca dentro de las corrientes realistas de la pintura francesa, aunque se mantuvo también próximo a los círculos simbolistas. Los cuatro grandes lienzos de Les Ages de la Vie (1906) [Las edades de la vida] muestran su estilo característico, con tonalidades monócromas y figuras emergiendo de una atmósfera de sombras. También Fernand Pélez, de origen español, trabajó de acuerdo a los postulados del realismo, pese a su temprano reconocimiento oficial como pintor de historia. Sin embargo, en 1880 dirigió su interés hacia los temas de la vida moderna, centrándose en la miseria de las clases populares parisinas de la era industrial. Las obras de esta sala, pertenecen al final de su carrera y son buen ejemplo de su singular personalidad artística. La Mi-carême-Vachalcade [A mediados de la Cuaresma-Vachalcade], recrea una fiesta popular que se celebraba en Montmartre durante la Cuaresma. Como en sus escenas de bailarinas de cuerpos angulosos y rostros fatigados, en las que se mezcla el mundo de las escenas de ballét de Degas y las atmósferas 'congeladas' de Seurat, están concebidas con una fuerte crítica social.

 

6- El retorno al clasicismo

El arte francés del siglo XIX fue, sobre todo, diverso. Al tiempo que los realistas y los impresionistas abrían nuevos caminos, otros pintores volvían la vista al pasado para pintar un mundo ya inexistente. Esta sección muestra obras de pintores como Pierre Puvis de Chavannes y Maurice Denis en donde se representa el baño de mujeres en el entorno bucólico de un paraíso mítico. Los colores encendidos, las formas redondeadas y los paisajes abiertos caracterizan estas composiciones. El pintor impresionista Renoir, en una de sus escasas esculturas Venus victrix (1916), muestra la figura idealizada de una joven, directamente extraída de la Antigüedad. En la parte más emocionante de la exposición, Les trois baigneuses (1882) [Tres bañistas] de Cézanne, cuyo tema procede también de fuentes clásicas, mira más al futuro que al pasado al plasmar la atmósfera, la luz y la vegetación situada detrás de las tres figuras. La ruptura del espacio pictórico realizada por Cézanne mediante trazos azules, verdes y amarillos supera la tradición existente para presagiar lo que Picasso conseguiría a comienzos del siglo XX con la invención del cubismo.

 

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