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Exposiciones

Hacia 1645 Bartolomé E. Murillo (Sevilla, 1617-1682) obtuvo sus primeros éxitos artísticos e inició una carrera ascendente que desplazó la posición de Francisco de Zurbarán, por entonces el pintor más estimado de la respetada escena artística sevillana. A comienzos del siglo XVII Sevilla era aún una ciudad próspera y cosmopolita, mercado de estampas, puerta de las Indias, sede de numerosas órdenes religiosas y de coleccionistas de pintura. A pesar de que a mediados de siglo se inició su decadencia, Murillo desarrolló allí una exitosa carrera y apenas salió de la ciudad, salvo un hipotético viaje a las Indias y un posible viaje a Madrid en 1642 en el que conocería a Velázquez, que no han podido ser documentados, y un viaje a la corte en 1658 del que sí conservamos constancia.

En esos años de formación la influencia de maestros de la generación anterior, como Herrera el Viejo, Zurbarán y Ribera, se plasma en el realismo inmediato del tema, los magistrales estudios de luces y contrastes luminosos, y el gusto por la observación de la materia de sus obras, optando por un naturalismo en donde se percibe también la deuda con los modelos de la pintura italiana y holandesa, que Murillo conocía bien a través de estampas.

Pero junto a esas influencias, durante este primer período aparecen ya en la obra del joven artista los elementos fundamentales de un personal modo de representar los temas religiosos, que configurará un estilo caracterizado por apelar directamente a las emociones de quien contempla su pintura.

Sin embargo, las obras más conocidas por el público son las correspondientes a su etapa de madurez, cuando el llamado "estilo vaporoso" queda formulado con más evidencia como consecuencia del pleno barroco y de los aportes rubenianos y neovenecianos. Es el momento de las representaciones de la Inmaculada Concepción, que con el tiempo se convertirían en lo más popular de su producción. Por el contrario, las obras que realizó entre los 23 y los 38 años no se han estudiado monográficamente hasta este momento, a pesar de su valor artístico y del enorme interés que tienen analizadas en el contexto de la época: son lienzos que reflejan el impacto de la literatura del Siglo de Oro y, especialmente, la asimilación por Murillo del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, editado en Sevilla en 1602 y que el pintor tenía en su biblioteca. La profunda sensibilización del artista ante la problemática social de la época se plasma en una serie de obras maestras que tienen como tema a los mendigos y a los niños desamparados.

A través de las 42 obras presentes en esta exposición se aborda pues este período formativo de Murillo, su engranaje con el primer naturalismo y su identificación con la doctrina de la justicia social predicada por los franciscanos. Contextualizados en el marco cultural de la época y en la historia de las mentalidades, los escasos quince años que van desde 1640 hasta 1655 en los que Murillo comenzó a formarse como artista, adquieren todo su significado y ayudan a comprender una etapa decisiva pero hasta ahora poco conocida de la carrera de uno de los artistas más relevantes de la pintura española.


En la imagen:
El joven mendigo (detalle), 1645 -1648
Óleo sobre lienzo, 110 x 134 cm
Museo del Louvre, París



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El joven Murillo

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