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Exposiciones

Desde el 7 de octubre, y hasta el 26 de enero del próximo año, se presenta en el Museo de Bellas Artes de Bilbao la exposición monográfica Julio Romero de Torres, realizada gracias al patrocinio de la Fundación BBK.

Bajo la dirección científica de la profesora Lily Litvak (Universidad de Texas, Austin), la exposición reúne medio centenar de obras destacadas de la producción del pintor cordobés, entre las que se encuentran algunas de sus composiciones más emblemáticas.

Partiendo del hecho de que Romero de Torres celebró su primera exposición individual en la Sala Majestic Hall de Bilbao en 1919, la exposición recuperará el vínculo que Romero de Torres estableció con artistas e intelectuales vascos contemporáneos, como Unamuno, Ricardo Baroja, Valentín de Zubiaurre o el propio Zuloaga, entre otros.

El catálogo editado por el Museo con ocasión de la exposición incluye textos y comentarios a las obras a cargo de Lily Litvak y de Mercedes Valverde, directora de los Museos Municipales de Córdoba, quien analiza la relación del pintor con intelectuales y artistas vascos, reproduciendo y comentando la correspondencia que el pintor mantuvo con algunos de ellos.

Por otra parte, en la organización de la exposición se ha realizado un esfuerzo especial por presentar a nuestro público obras pertenecientes a colecciones particulares que raramente han sido expuestas al público. Así, y junto al núcleo principal de obras pertenecientes al Museo Julio Romero de Torres, al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y al Museu Nacional d’Art de Catalunya, entre otros, se presentan ahora pinturas pertenecientes a colecciones americanas (México, Argentina, Chile y Uruguay) que no se habían vuelto a ver en nuestro país.

Por último, el proyecto se enmarca dentro de la línea de investigación sobre los principales artistas y tendencias del cambio de siglo que el Museo ha emprendido con otras exposiciones, como la dedicada a la obra de Sorolla y Zuloaga.



JULIO ROMERO DE TORRES

Rechazado por parte del mundo académico oficial y defendido por intelectuales como Valle-Inclán, Manuel Machado o Pérez de Ayala, entre otros, Julio Romero de Torres (Córdoba, 1874-1930) constituye una de las principales figuras de la pintura española de la primera mitad del siglo XX. El rechazo de los jurados oficiales, que calificaban su pintura de escandalosa, y de los pintores modernos, que le consideraban ajeno a la vanguardia artística, fue proporcional a su éxito popular, que terminó por trivializar su pintura, especialmente durante el régimen franquista, reproducida en carteles, sellos, bebidas e, incluso, en un billete de cien pesetas emitido en 1953.

Su pintura, siempre enraizada en la poética andaluza, está siendo revisada por la crítica artística en los últimos años. Así, y a luz de nuevas consideraciones, la figura de Romero de Torres se aleja del tópico folclórico de sus temas y se centra en otros aspectos más relevantes como, por ejemplo, su particular lectura del Simbolismo o el eclecticismo de sus fuentes de inspiración.

Perteneciente a la misma generación que Zuloaga, Anglada Camarasa, Nonell, Zubiaurre, Baroja, Sunyer, Durrio, Arteta, Echevarría, Julio González o Torres García, entre otros, -todos ellos representados en la colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao- Romero de Torres desarrolló su estilo más personal durante la primera década del siglo XX, década en la que se produjo la reacción anti-modernista de algunos pintores tan destacados como Zuloaga, Anglada y Solana. Por otra parte, su pintura, tal y como señaló Pérez de Ayala, “bien que rica de color, es señaladamente rica en negros”, adscribiéndose así a la paleta oscura utilizada por Zuloaga y Solana, y defendida por Unamuno, contrapuesta al luminismo de Sorolla e Iturrino.

En la configuración de su estilo, junto a la influencia de Valle-Inclán, tuvieron una importancia determinante los viajes que durante su periodo de formación realizó por Francia, Inglaterra, Italia, los Países Bajos, Túnez y Tánger. De esta forma, acusó la influencia de los maestros italianos -Botticelli, Leonardo y Tiziano-, que se manifiesta en su característico esfuminado, conseguido al utilizar la pintura al temple con veladuras de óleo, y en su sistema narrativo, en el que el fondo actúa como telón y como alusión al destino de la figura del primer término. A estas fuentes de inspiración se suman los prerrafaelistas británicos y la escuela española.

De esta forma, elementos hasta entonces utilizados por el costumbrismo se convierten en elementos simbólicos. La iconografía, centrada en la mujer cordobesa y en los patios y edificios de Córdoba, muestra un estado de ánimo de concentrada inmovilidad. La mística de amor y muerte transmite la fatalidad que recoge la cultura popular y, sobre todo, la copla, por la que Romero de Torres sentía auténtica pasión.

Ese estado de melancolía de sus mujeres y paisajes se refuerza con un cromatismo oscuro, primero en azules y más tarde en pardos, ocres y grises. El pintor utilizó a menudo la fotografía para sus composiciones, pero no se trataba de instantáneas sino de fotos de estudio iluminadas por penumbras de interior.

El erotismo de su pintura también adopta tintes sombríos en las representaciones de la mujer cordobesa que, a menudo, se convierte en una versión de la femme fatale que aparece en las obras de pintores y escritores internacionales del fin de siglo.

Todas estas características hacen de Julio Romero de Torres uno de los principales exponentes del simbolismo en la pintura española, en una versión personal que terminó por otorgar al pintor la calificación, en palabras de Valle Inclán, de “dueño de una estética”.

En la imagen:
Julio Romero de Torres /1874-1930)
Venus de la poesía, 1913
Óleo sobre lienzo, 93,2 x 154 cm
Museo de Bellas Artes de Bilbao


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