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ACTUALIDAD

24|11|20 Adquisición

Zulo beltzen geometria (Geometry of the Black Holes) (2019), Ibon Aranberri

El Museo de Bellas Artes de Bilbao presenta Zulo beltzen geometria (Geometry of the black holes) (2019), obra de uno de los artistas vascos actuales con mayor proyección internacional, Ibon Aranberri (Itziar, Gipuzkoa, 1969), que ha sido recientemente adquirida por el museo y se muestra ahora al público por primera vez.

Constituida por módulos de acero, la pieza se origina a partir de la intervención que, tras solventar los requerimientos de los organismos competentes, el artista llevó a cabo hace casi dos décadas, en una cueva prehistórica.

El proyecto –que marcó la trayectoria de Ibon Aranberri, recibiendo el reconocimiento de la crítica– adoptó como nombre (Ir. T. nº 513) zuloa, denominación que se corresponde con el código científico asignado en las cartas arqueológicas a dicha cueva. Se trató de un trabajo próximo al movimiento land art que consistió en cerrar el acceso a la gruta con una estructura modular plana y opaca –de unos 6 metros de diámetro total–, como consecuencia final de un largo proceso en el que, alejándose temporalmente del ámbito urbano, Aranberri exploró cuevas prehistóricas de la geografía cercana. La silueta de este cerramiento reproducía la morfología exacta de la boca de la cueva y en su superficie se abrían orificios y huecos que permitían la entrada y salida de especies que allí habitaban o tenían refugio.

Este cerramiento imposibilitó el acceso de las personas al espacio de la cueva –y, por tanto, a su significación simbólica–, salvo a través de sistema en la parte inferior, articulado ex profeso para caso de necesidad. Todos los componentes metálicos recibieron entonces un tratamiento de superficie, evitando la corrosión y produciendo un efecto opaco antirreflectante que lo mimetizaba visualmente.

De este modo, el trabajo de Aranberri hizo lo contrario de lo esperable, como habría sido monumentalizar un lugar altamente connotado. En vez de ello, transformó la cueva en un espacio cerrado, inaccesible y oculto.

La intervención en ese lugar cargado de significado no trataba de preservar el paisaje, sino de "recodificarlo". El propio artista explicaba entonces que esta acción artística "conecta con los arquetipos imaginarios de la cultura local, donde la tradición romántica sigue representando la prehistoria como el gran mito originario. La definición de la identidad colectiva se ha sustentado fuertemente en la idea de territorio donde el paisaje constituye el escenario simbólico".

Casi dos décadas después, Aranberri propuso desmontar la construcción y devolver la entrada de la cueva a su estado natural, en una especie de "liberación". Lo hizo de manera imprevista, dando el ciclo por acabado, tras constatar, por una parte, que en la actual sociedad de la información es prácticamente imposible "preservar la inaccesibilidad de un espacio físico determinado". Y que, por otra, las cuestiones antropológicas y sociales afectadas por la alteración del espacio físico que había supuesto su pieza han ido mutando desde 2003 hasta hoy en día hacia una mirada cultual mediatizada.

Los módulos que entonces conformaron el cerramiento de la cueva prehistórica forman ahora parte de una obra autónoma, una instalación posminimalista de unos 1.000 kg de peso aproximadamente que, como los restos de un naufragio, conserva las impurezas del paso del tiempo y se integra en la colección de arte contemporáneo del museo.

 

Ibon Aranberri (Itziar, Gipuzkoa, 1969) estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco y en la Nuova Accademia di Belle Arti de Milán. A mediados de los años noventa formó parte de los talleres de Arteleku, y a partir de finales de la misma década completó su formación en distintos programas de estudio y en residencias de Japón, Nueva York o Estocolmo. En 2003 recibió la beca Velázquez. 2004 obtuvo uno de los premios Gure Artea y ese año recibió también el premio Altadis. Ha compaginado su práctica artística con diversas colaboraciones y la enseñanza, siendo uno de los impulsores del Instituto de Prácticas Artísticas JAI iniciado este año entre Tabalakera y Artium.

Su obra está representada en las colecciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), ARTIUM de Vitoria-Gasteiz o el Museo Guggenheim Bilbao. Su trabajo –difícil de clasificar y encajar en los circuitos habituales de venta y comercialización de las obras de arte porque desborda los formatos artísticos habituales– alude a menudo a la intervención humana en el entorno, como se manifiesta en proyectos de ingeniería civil, la transformación cultural y las obras de arte. Aranberri somete estos dispositivos y sus modos de observación a un intenso proceso de análisis y resignificación, que culmina, bajo la forma de sus propios objetos e instalaciones, en un examen de las complejas capas de la historia, la cultura, la estética y la política en el mundo que nos rodea. Buen ejemplo de ello es la intervención que el artista realizó en 2003 cerrando una cueva prehistórica, y de la que, precisamente, se origina la obra que hoy presentamos.