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Exposiciones

En los últimos tres años, es decir, entre 2003 y 2005, han sido donadas al Museo de Bellas Artes siete obras de Carmelo Ortiz de Elgea (Vitoria-Gasteiz, 1944), seis óleos y una escultura, todas ellas piezas de gran tamaño y muy significativas dentro de la evolución del pintor alavés. La escultura y cinco de los óleos han sido donados por el propio artista, mientras que el sexto lo ha sido por un coleccionista particular. Lo que se presenta ahora es el conjunto de piezas incorporadas filantrópicamente a nuestra colección. Con anterioridad, el pintor había hecho otras donaciones de dibujos y óleos, dos de las cuales, que se hicieron efectivas en 2000, se han sumado también a la muestra debido a su proximidad temática.

A pesar de ser un pintor muy versátil, que somete a su obra a cambios bruscos de composición, color o textura, siempre abierto a todo estímulo descriptivo, narrativo o puramente experimental, Ortiz de Elgea ha permanecido fiel a determinados temas, el más recurrente de los cuales ha sido el de la convivencia entre la figura humana y el paisaje, o un espacio imaginario, de libre desarrollo, que se aparece con características de paisaje. Los personajes lo habitan en actitudes cotidianas, realizando actos normales, que sin embargo resultan extraños, estrambóticos por la anormal correlación de sus imágenes y su manera de ocupar el mundo.

A través de ese tema central, del que participan todos los cuadros presentados aquí, puede seguirse la evolución del artista, sus distintos modos de resolver su imaginativa, enérgica propuesta, desde una obra como Las tentaciones del paseante, de 1967, influida por el arte pop, y que sirve para señalar uno de los aspectos fundamentales en los que se basa su pintura. La danza, de 1970, por su parte, es un buen ejemplo de la etapa de Ortiz de Elgea desarrollada entre 1968 y 1973, que supone una primera manera original de tratar el fantasioso relato figurativo que, con su compleja evolución, constituirá uno de los ciclos más interesantes de la pintura vasca contemporánea. En La danza, las figuras desproporcionadas, cómicas, se entremezclan con un paisaje descabalado que se muestra fragmentariamente, todo lo cual crea un mundo jocoso y absurdo de colores luminosos.

Obras posteriores, como Contraluz (Korres), de 1983, y Otoño en el río, de 1987, son más dramáticas y oscuramente barrocas. Después de la irónica pero más reconciliada, incluso lírica Momia de santo, de 1992, y de la nuevamente desgarrada visión de Bilbo I, de 1993-1995, basada en este caso en el hecho real del desmantelamiento industrial de Bizkaia y en los paisajes fantasmagóricos que produjo, se llega a El ladrón de momias, de 1983-1997, y La faluca, de 1997, las dos de inspiración viajera -cosa muy habitual en la pintura de Ortiz de Elgea, que le aparta de vez en cuando de su primordial interés por el paisaje cercano-, egipcia en concreto, en las que por algún lado se han recuperado la joie de vivre y el desenfado que caracterizaban el comienzo del ciclo.

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