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Exposiciones

Daniel Tamayo. Fabulario recoge veintiséis pinturas de mediano y gran formato realizadas por Daniel Tamayo (Bilbao, 1951) durante la última década y que, en su mayoría, no han sido expuestas con anterioridad. La muestra responde al interés natural del Museo de Bellas Artes de Bilbao por revisar la trayectoria o, como en este caso, la obra reciente de artistas que, con un trabajo consolidado, tienen una voz señalada dentro del panorama artístico vasco.Estas obras que ahora se presentan se vinculan con las extensas series de acuarelas Espacios figurables (1995–1999) y Viajes imaginarios (2002–2004), a las que Tamayo denomina genéricamente Imaginarias. Durante esos años, alternó la realización de estas acuarelas con la pintura de caballete, por lo que ambas técnicas se nutrieron entre sí, de modo que, en este caso, los hallazgos técnicos y compositivos de las acuarelas pueden rastrearse en los lienzos recientes, aunque aquí el uso del óleo y el gran tamaño del soporte han determinado en buena medida el resultado final, que ofrece un marcado carácter escenográfico.

Daniel Tamayo inició a finales de la década de los años sesenta estudios de aparejador, que abandonó pronto, y tuvo una breve experiencia como dibujante publicitario. Entre 1969 y 1970 vivió en Barcelona, en donde estudió Diseño, Dibujo y Pintura. Después residió durante breves periodos en Londres y en París hasta que, en otoño de 1970, decidió su vocación artística e ingresó en la primera promoción de la entonces recién creada Escuela de Bellas Artes de Bilbao. Tras esta formación, comenzó a compatibilizar el desarrollo de su carrera artística con la docencia. En 1980 se convirtió en profesor del área de Pintura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco, labor que sigue desarrollando en la actualidad. Tras un comienzo influido por la figuración derivada de diversas manifestaciones del movimiento pop y por algunas figuras referentes del arte contemporáneo español, como Luis Gordillo, Daniel Tamayo ha construido a lo largo de su carrera una sólida entidad artística, que hace que sus obras sean inmediatamente reconocibles. El gusto por el dibujo geométrico, las formas de carácter marcadamente objetual y una intensa policromía en tintas planas conforman las principales características de su personal código figurativo.Con estas herramientas narra su visión de la compleja realidad del mundo, que proyecta en escenarios imaginarios producto de sus vivencias y de su fantasía.

A comienzos de la década de los años ochenta se interesó particularmente por los aspectos tridimensionales de la pintura, relacionando elementos geométricos y arquitectónicos con formas de la naturaleza y paisajes imaginarios. Construyó así en el recinto del cuadro amplios territorios que, con el horizonte alto, le permitían incluir un denso catálogo de personajes, objetos y signos de naturaleza diversa, observados a vista de pájaro. Como él mismo reconoce, a partir de su labor como profesor de la asignatura de Metodología y Proyecto Pictórico, “mi experiencia en proyectar objetos dentro de recintos reales, mediante la aplicación del dibujo lineal, de la perspectiva, del grafito con el coloreado de acuarela, el fotomontaje… me sensibilizó hacia la belleza de las formas tridimensionales”. En estas representaciones panorámicas, que –como en el tríptico Duranguesado (1981) de casi seis metros de largo perteneciente a la colección del museo– conforman una metáfora de nuestro entorno geográfico y social, Tamayo propone al espectador una doble mirada: transitar por la visión global del conjunto y, a la vez, concentrarse con detenimiento en los numerosos elementos que lo componen para que sea él quien finalmente componga su propia fábula.El lienzo se llena de imágenes procedentes de las más variadas expresiones culturales: iconos del arte primitivo, imágenes del mundo infantil y la animación, de la geometría, de los alfabetos, signos y símbolos, de los grafiti, de la imaginería religiosa y las miniaturas, de la artesanía, el folclore y el circo, de la publicidad, el diseño y el cómic, de la literatura… Todo sirve potencialmente para ser transformado por la imaginación de Tamayo en una narración abigarrada y fantástica que recuerda a los pintores italianos y flamencos del siglo XV –Ucello, Fra Angelico, Brueghel…–. No en vano él reconoce que la visión en el Museo del Prado, cuando tenía apenas 15 años, de El jardín de las delicias de El Bosco determinó su gusto por las narraciones pictóricas de carácter fantástico.

Paulatinamente este repertorio de formas se fue ampliando y tomó mayor presencia visual en las composiciones, al tiempo que la geometría fue perdiendo protagonismo y aparecieron imágenes paisajísticas del entorno geográfico vasco, articuladas por formas menos rígidas, más abiertas y orgánicas. Este universo de imágenes se despliega en composiciones estudiadas minuciosamente con anterioridad a su plasmación efectiva en el lienzo. Tamayo ha elaborado a lo largo de su fecunda carrera una estrategia creativa que aleja el horror vacui del pintor ante el lienzo en blanco. Es él quien controla al máximo el desarrollo creativo de la construcción de imágenes mediante una laboriosa metodología que evita la espontaneidad. En este proceso, el dibujo es empleado de manera sistemática en la génesis de las imágenes, registradas en sus cuadernos de notas, o “libretas de campo”, tal y como en ocasiones las denomina el pintor. En ellas recopila imágenes a lápiz, que se suman a otras por ordenador, a imágenes fotográficas, muñecos y juguetes, souvenirs y figuras de diversa índole, que conforman la materia prima de sus cuadros. Después, procede al dibujo de bocetos a línea, en donde los elementos seleccionados son encajados en escenas que conforman una especie de programa iconográfico que, más tarde, es llevado, con ligeras variaciones, a la superficie del lienzo. Sólo tras este proceso Tamayo toma los pinceles y el óleo para dar paso al desarrollo pictórico.

El resultado final es una composición abigarrada, un “fichero de imágenes” al que Tamayo consigue dar un orden interno y un espíritu, según el caso, festivo, irónico, lúdico o surreal. A este carácter ficticio, de pura invención con seres animados o inanimados, alude el término fabulario con el que ha titulado esta exposición, la primera que celebra en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, que, como para tantos otros artistas de su generación y de generaciones posteriores, está en el origen de su vocación artística.


En la imagen:
Daniel Tamayo (Bilbao, 1951)
Cosmología acrobática, 2009
Óleo sobre lienzo, 193 x 235 cm


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Daniel Tamayo

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