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Exposiciones

La exposición monográfica DANIEL VÁZQUEZ DÍAZ 1882-1969, coproducida con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (donde se presentó entre el 2 de noviembre de 2004 y el 10 de enero de 2005), ha sido ideada con carácter de antología y está integrada por un centenar de óleos, junto a una importante sección de dibujos y aguafuertes.

La exposición, comisariada por Jaime Brihuega e Isabel García, ofrece una revisión de la producción del pintor, poniendo además en evidencia el papel que desempeñó en la renovación de la pintura española anterior a la Guerra Civil. Por otra parte, la exposición cobra un especial interés en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, dadas las estrechas relaciones que Vázquez Díaz mantuvo con el País Vasco y sus artistas.

El conjunto de las obras seleccionadas para la exposición conforma un recorrido por toda su evolución cronológica, desde obras tempranas realizadas en sus años parisinos hasta los célebres frescos de La Rábida, representados por bocetos, cartones preparatorios y una prueba al fresco. Junto a ello, la importante sección de obra sobre papel no sólo pone de manifiesto la maestría de Vázquez Díaz en esta disciplina sino que, y junto a otros temas, configura además una interesante galería de retratos de artistas e intelectuales del momento, con algunos de los cuales, como el poeta Juan Ramón Jiménez y el pintor Aurelio Arteta, Vázquez Díaz mantuvo una estrecha amistad. Entre los retratados figuran Regoyos, Ortega y Gassett, Rubén Darío, Pérez Galdós, Sorolla, García Lorca, Gómez de la Serna, Unamuno, o Gutiérrez Solana.

Daniel Vázquez Díaz (Nerva, Huelva, 1882- Madrid, 1969) fue una de las presencias clave de la cultura artística española de la primera mitad del siglo XX y referencia esencial para buena parte de los pintores que protagonizaron las vanguardias y el movimiento renovador de los años veinte y treinta. A pesar de ser una figura destacada del arte de los años centrales del siglo pasado, y de constituir un ejemplo de alianza entre modernidad y tradición en el arte español, los estudios sobre el pintor han sido más bien escasos, por lo que esta exposición antológica pretende contribuir de forma decisiva a fijar su verdadero perfil histórico y artístico.

Tras una formación inicial en Sevilla, Vázquez Díaz viajó a París, en donde residió entre 1906 y 1918. Fueron años de iniciación en los que entró en contacto con la bohemia artística parisina y conoció a Juan Gris y a Modigliani, a quienes retrató. También se relacionó con los artistas catalanes Sunyer y Anglada y con los vascos Zuloaga, Durrio, quien le presentó a Picasso, Echevarría y los hermanos Zubiaurre, entre otros. Prueba de esta fértil relación con los artistas vascos son los numerosos retratos que les dedicó como, además de los dibujos citados anteriormente, los lienzos Juan de Echevarría y Retrato de Zuloaga, fechados en 1928 y 1932, respectivamente. Durante esta época expone regularmente en los Salones oficiales parisinos y comienza una intensa carrera como ilustrador de revistas.

A este primer periodo corresponden una serie de obras tempranas imbuidas por el espíritu postimpresionista y que muestran cierto eco de la obra de Toulouse-Lautrec y los nabis -como se trasluce en los lienzo Aves nocturnas de 1907 y La familia del marinero, de 1911-. Tampoco fue ajeno a los presupuestos intelectuales del 98 español, visibles sobre todo a través de la influencia de la obra de Zuloaga -presente en lienzos como Les deux Espagnoles, fechada en torno a 1920-.

En la primavera de 1918, y, tras algunas estancias anteriores más breves, pintó durante cuatro meses en Fuenterrabía. Profundamente impresionado por el paisaje vasco desde sus primeros viajes, Vázquez Díaz volvería cada año a pasar allí los veranos y convertiría la cuenca del Bidasoa en una parte fundamental de su iconografía. En 1919 participó en Bilbao en la I Exposición Internacional de Pintura y Escultura celebrada en Bilbao, donde al año siguiente expuso individualmente con gran éxito de crítica y público.

Al calor de esos vínculos, surgió un profundo intercambio de experiencias con los artistas vascos y, especialmente con Arteta, que, años más tarde, en 1924, le ayudaría a exponer en Bilbao en la Asociación de Artistas Vascos. Esa profunda relación se refleja de forma paradigmática en el lienzo Tierra vasca y en el dibujo Mi amigo Arteta. Tras esta estancia, se instaló definitivamente en Madrid, donde desde finales de esa década y a lo largo de la siguiente configuró su estilo y lideró la renovación de la pintura del momento.

La pintura de Vázquez Díaz se caracteriza por la simplicidad geométrica de las figuras y la síntesis de formas y volúmenes, derivada de las enseñanzas del cubismo. La depuración formal se complementa con una predilección cromática por los blancos y grises, aplicados en finas vibraciones de luz y color. Su estilo sólido y contenido, que le vincula con la tradición pictórica española, desde Zurbarán hasta Juan Gris, combina las novedades que aprendió en París, y, entre ellas, la estética clasicista de Cézanne y el cromatismo de Robert Delaunay, con las experiencias procedentes del noucentismo catalán de Sunyer y de su fértil relación con el bilbaíno Arteta y con el manchego García Maroto, principalmente. De este modo, Vázquez Díaz supo asimilar algunos planteamientos vanguardistas sin llegar a quebrar definitivamente el orden imperante.

Esta síntesis personal que Vázquez Díaz elaboró a partir de su vuelta de París -que le valió que el crítico José Francés le calificara de "muy antiguo y muy moderno"- es lo que la historiografía artística conoce como neocubismo -o cubismo atemperado-, cuyo mejor ejemplo es el óleo La fábrica dormida, en sus dos versiones, la fechada en torno a 1920, perteneciente al Museo de Bellas Artes de Bilbao, conocida como La fábrica bajo la niebla, y la de 1925, del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Será precisamente a mediados de la década de los años veinte cuando Vázquez Díaz difunda esta tendencia y cuando inicie su trabajó como profesor de pintura mural en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, desde donde su magisterio ejerció gran influencia en otros pintores. Esta vertiente didáctica de Vázquez Díaz se desarrolló a lo largo del tiempo, de modo que pudieron ser alumnos suyos pintores de diferentes generaciones como Olasagasti, Canogar e Ibarrola.

En 1929 comienza a pintar por encargo el ciclo de frescos del monasterio de La Rábida (Huelva) conocido como el Poema del Descubrimiento y realizado en conmemoración del descubrimiento de América, que le valió popularidad y reconocimiento. A pesar de la fecha en que se realizaron y de su relación con la estética del novecento italiano y con el realismo épico del muralismo hispanoamericano, las pinturas fueron, tiempo después de su realización, utilizadas por el franquismo como ejemplo de una "estética nacional".

Después de la guerra, su modernidad mesurada, que le había permitido aunar tradición y modernidad en un estilo personal y ser un modelo para la renovación plástica de la generación de la primera mitad del siglo, le permitieron convivir con las antipatías que el régimen manifestaba hacia los vanguardismos radicales y continuar así su papel de maestro durante toda la década de los cincuenta.

Durante los años setenta Vázquez Díaz comenzó a sufrir un cierto olvido. A la luz de nuevos datos e investigaciones, esta exposición pretende profundizar en el conocimiento de la obra de Vázquez Díaz y sus aportaciones al arte español contemporáneo.

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