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Exposiciones

A través de más de un centenar de obras —principalmente pinturas y esculturas, pero también dibujos y piezas de orfebrería— la exposición El esplendor del Renacimiento en Aragón permite mostrar la evolución del arte en Aragón durante el siglo XVI, a partir de las obras del final del gótico.

Comisariada por la catedrática de la Universidad de Zaragoza Carmen Morte García, la exposición pretende, además, ofrecer una lectura comprensiva del arte renacentista elaborado en Aragón durante ese periodo, para lo que se ha realizado una exhaustiva investigación —reflejada en la exposición y en el catálogo que la acompaña— que aporta nuevos datos acerca de las obras y sus autores.

Gran parte de este nutrido conjunto de piezas pertenece al Museo de Zaragoza, que acomete una reforma de sus instalaciones que ha hecho posible que, de forma excepcional, pueda cederlo para esta muestra, que se inaugura en Bilbao y más tarde viajará al Museo de Bellas Artes de Valencia (octubre, 2009—enero, 2010) y al Museo de Zaragoza (febrero—abril, 2010). A este núcleo principal se han sumado préstamos relevantes de diversos museos e instituciones, con cuya colaboración ha podido establecerse este completo panorama artístico que pone de relieve el esplendor que el arte, y especialmente la escultura, vivió en Aragón durante el siglo XVI.

El recorrido comienza con obras singulares del arte gótico del siglo XV, entre las que destacan las de los pintores Bartolomé Bermejo y Blasco de Grañen. Culmina en el esplendor renacentista del siglo XVI, ejemplarizado por el trabajo de artistas destacados de este periodo, como los escultores pertenecientes a la familia y entorno de Damián Forment o el vasco Juan de Anchieta, y los pintores Juan de Juanes y Jerónimo Cósida. Junto a ellos, se muestran algunos ejemplos internacionales, que, procedentes fundamentalmente de Flandes e Italia, ejercieron en ese momento una notable influencia en la renovación de los modelos artísticos.

 

EL RENACIMIENTO EN ARAGÓN

El siglo XVI fue el momento de mayor esplendor de la escultura aragonesa, que, junto con la castellana, constituye el núcleo principal de la plástica renacentista peninsular. Entre 1510 y 1580 las artes plásticas aragonesas vivieron un momento de gran efervescencia en el que los artistas elaboraron un extenso repertorio en el campo de la retablística, la escultura funeraria, la decoración arquitectónica, la pintura y las artes decorativas.

Si en un primer momento Zaragoza se mantuvo como el centro indiscutible de toda esta intensa actividad, con el tiempo el aumento en el número de comitentes y sus encargos hizo que surgieran otros talleres importantes en ciudades como Huesca, Tarazona y Calatayud.

La primera sección de la exposición reúne los antecedentes, una pequeña pero valiosa selección de obras que refleja la influencia del estilo gótico internacional y de los modelos del arte flamenco. Se enmarcan en el siglo XV, época que fijó las pautas para el posterior esplendor renacentista.

En escultura, destaca el Ángel custodio de Pere Joan, en alabastro policromado —material fundamental en la escultura gótica y renacentista aragonesa—. En pintura, las tablas del Martirio de Santa Engracia de Bartolomé Bermejo, del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Descendimiento atribuida a Bartolomé Bermejo, en colaboración con su discípulo Martín Bernat, y El retablo de la Santa Cruz de Blesa (Teruel), ejecutado por Miguel Ximénez y Martín Bernat, son tres muestras sobresalientes del trabajo de estos maestros.

La segunda sección, corpus principal de la exposición, ofrece una amplia y variada muestra de obras del siglo XVI. Casi todas son piezas de escultura y pintura a las que se suma una pequeña selección de piezas de orfebrería, que da testimonio del rico patrimonio aragonés en el terreno de las artes decorativas. En el Quinientos aragonés las realizaciones artísticas experimentaron un destacado florecimiento en todos los campos, gracias a una importante labor de patrocinio artístico, eclesiástico y civil, que propició numerosos encargos de obras de arte. De este modo, durante el siglo XVI Aragón se convirtió en una tierra poderosamente atractiva para los artistas foráneos.

La renovación formal desde los modelos góticos hasta los renacentistas vendría, pues, a través de una combinación de varios elementos: el lenguaje gótico preexistente de los artistas peninsulares y de los venidos de fuera, franceses y flamencos principalmente, junto a las novedades artísticas de influencia italiana. Los artistas procedentes de otras zonas peninsulares y de otros países, como Flandes, Italia y Francia fueron, de este modo, un elemento fundamental para la penetración de las novedades artísticas. Junto a ello, la importación de obras de arte constituyó otra vía determinante de conocimiento del arte europeo. La mayor parte de estas obras fueron pinturas, compradas por coleccionistas particulares e instituciones religiosas. Por último, el repertorio de grabados que circulaba en los talleres de los artistas, en su mayoría ubicados en Zaragoza, fue otro excelente medio para la difusión de modelos iconográficos.

El recorrido de esta sección se inicia con un grupo de obras que muestran el tránsito de los esquemas góticos a los renacentistas, en una síntesis entre los lenguajes artísticos flamenco e italiano.

Los fondos renacentistas del Museo de Zaragoza hacen que el mayor número de piezas expuestas sean del genial escultor Damián Forment, uno de los grandes del Renacimiento español, activo en Valencia, Aragón, Cataluña y La Rioja, y con un influyente taller en donde enseñó a numerosos discípulos. Destacan el alabastro San Onofre y dos Virtudes en ese mismo material.

El nutrido conjunto de esculturas de Forment y sus discípulos, y las de otros artistas coetáneos como el francés Gabriel Joly, el italiano Giovanni Moreto, que trajo los modelos renacentistas florentinos, y Gil Morlanes el Joven concretaron durante el primer tercio del siglo XVI el nuevo estilo de la edad de oro de la plástica aragonesa. Son esculturas y relieves en madera y alabastro, generalmente policromados y procedentes de diversos retablos, que dieron las pautas artísticas para los escultores de la siguiente generación.

Le acompañan piezas singulares del pintor Jerónimo Cósida, uno de los artistas aragoneses más refinados de la época. En 1539, Hernando de Aragón, arzobispo de Zaragoza y nieto de Fernando el Católico, se convirtió en su mecenas y le encargó numerosos trabajos. Tras sus primeras obras de influencia rafaelesca, su estilo italianizante se caracterizó por el bello colorido y el delicado modelado de las figuras. Fue también un excelente dibujante y proporcionó diseños para diversos campos artísticos, entre ellos la orfebrería. Buena muestra del aprecio por su obra todavía en el siglo XVIII, es el hecho de que la reina Isabel de Farnesio fuera propietaria de la tabla Noli me tangere. Coetáneo de Cósida fue el pintor Juan de Juanes de quien se expone un singular Retrato de Alfonso V.

Las formas del pleno Renacimiento entraron en la pintura aragonesa a través de dos artistas italianos que conocieron la obra de Rafael y Miguel Ángel: Tomás Peliguet y Pietro Morone, que participaron en retablos y proyectos de pintura mural.

En la etapa final de la escultura aragonesa, a partir de 1570, se sitúa la corriente romanista, o el nuevo clasicismo, en la que destaca el escultor vasco Juan de Anchieta, que en el monumental Cristo de la iglesia del Hospital de Gracia (Zaragoza) y en el Calvario del Museo de Bellas Artes de Bilbao sintetiza el tratamiento del desnudo de los modelos miguelangelescos y el expresionismo emocional de Juan de Juni. Anchieta es excelente maestro en las tallas de Cristo Crucificado, que introducen el cambio en los modelos de esta iconografía en la plástica aragonesa.

El interés del duque de Villahermosa, Martín de Gurrea y Aragón, por el retrato como género autónomo y en diversos soportes, es propio del Renacimiento. Culto, coleccionista de antigüedades y pinturas, durante su estancia en los Países Bajos (1554-59), encargó su medalla, compró obras de arte (pintura de la Virgen con el Niño) y conectó con los pintores Pablo Scheppers y Rolán Moys, hábil retratista, para que trabajaran en Aragón a su servicio. Las obras de estos artistas flamencos, que estuvieron en Italia, señalarán las principales directrices de la pintura aragonesa de final del Renacimiento.

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El esplendor del Renacimiento en Aragón

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