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Exposiciones

La Obra Invitada es un programa original del Museo de Bellas Artes de Bilbao, que pretende acercar al público obras notables de otros museos o colecciones, con el propósito de enriquecer la visión de autores presentes en la colección del Museo o de mostrar autores no representados. Esta serie de exposiciones monográficas dio comienzo en 2001 y desde 2004 cuenta con el patrocinio de la Fundación Banco Santander.

En esta ocasión, la vigésima séptima, se presenta un retrato de composición sencilla, pero de gran calidad y expresividad del pintor Édouard Manet (París, 1832-1883), figura fundamental en la transición del realismo al impresionismo. Manet rescató la pintura del academicismo realista y en sus escenas supo introducir importantes novedades temáticas y técnicas, lo que le enfrentó al arte académico. A pesar de ello alcanzó gran notoriedad y su pintura fue defendida por los artistas de vanguardia.

 



Este retrato oculta, tras la alegría irreverente del modelo, la trágica suerte de su destino. Alexandre, adolescente de origen humilde, que trabajó para Manet limpiando sus pinceles y posando ocasionalmetne para él, acabó suicidándose con apenas quince años, en el atelier del propio pintor en la calle Lavoisier. Profundamente afectado por la muerte de su asistente, Manet terminó la composición en el taller de la calle de la Victoire, donde se mudó a consecuencia de lo sucedido.

La pintora Berthe Morisot evoca este triste acontecimento en un cuaderno de apuntes en el que hace referencia a la pintura, en tiempos, perteneciente a su marido, Eugène Manet, hermano del artista. También Charles Baudelaire encontró en este episodio inspiración para un cuento dedicado a Manet, La Corde (La Cuerda), inicialmente publicado en Le Figaro, el 7 de febrero de 1864, y posteriormente editado en la compilación Le Spleen de Paris.

En él, Baudelaire pone en boca de Manet estas palabras: "Más de una vez posó para mi y lo transformé en gitanillo, en ángel y en amor mitológico. [...] Solo debo decir que a veces este hombrecito me sorprendía con singulares crisis de tristeza precoz y que pronto manifestó un inmoderado gusto por el azúcar y el licor. [...] ¡Cual no fue mi horror y mi sorpresa cuando al volver a casa lo primero que vi fue a mi hombrecito, mi alegre compañero de vida, ahorcado en un saliente del armario!". La madre del muchacho pidió a Manet la cuerda con la que éste se había ahorcado con el macabro objetivo de vender pedazos de la misma a los vecinos del inmueble: "Comprendí por qué la madre necesitaba conseguir la cuerda y con qué negocio pretendía consolarse".

Esta obra de juventud, adquirida por Gulbenkian en 1910, cuya inspiración deriva de Caravaggio y de la pintura holandesa de género del siglo XVII, se inscribe en una tradición realista de representación, con un muro bajo de piedra que delimita el espacio de la composición. Al tema inmediato del cuadro, un retrato, Manet asocia otro, una naturaleza muerta compuesta por cerezas, alegoría de los sentidos.

Por otro lado, existe un modelo de modernidad subyacente a la representación de lo cotidiano como tema de pintura, concepto que se inscribe en una óptica Baudelairiana de afirmación de la realidad contemporánea. Sin embargo, es probable que Manet rehiciera las manos del muchacho, ya que estas evidencian la calidad plástica y estilística característica de trabajos de ejecución posterior.

La figura de Alexandre aparece también en un grabado de 1862, titulado El muchacho y el perro (Bibliothèque nationale, Paris), trabajo perteneciente al cuaderno 8 Gravures à l'eau-forte par Édouard Manet, editado por Alfred Cadart.

 

Texto: Luisa Sampaio
Conservadora, Fundaçao Calouste Gulbenkian (Lisboa)

 

Édouard Manet (París, 1832-1883)
El niño de las cerezas, c. 1858-1859
Óleo sobre lienzo, 65,5 x 54,5 cm
Fundación Calouste Gulbenkian, Lisboa


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El niño de las cerezas

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