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Exposiciones

José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886-1945) es, sin duda, una de las figuras más singulares del arte español del siglo XX. La colección de Solana de MAPFRE está compuesta por 6 lienzos, 25 aguafuertes y 4 litografías. Las pinturas, fechadas entre 1917 y 1938, pertenecen a la etapa de madurez del artista, y presentan asuntos de ritos religiosos populares, la muerte o el carnaval, temas predilectos del pintor. Fueron adquiridas en 1991 y proceden de la colección de Jean-Marie Estève, coleccionista amigo de artistas y habitual en los círculos de Montparnasse en las primeras décadas del siglo XX. Por su parte, los grabados guardan relación con diversas pinturas de Solana, como es el caso de los célebres Mujeres de la vida (c.1915-17) y El taller de caretas (1943), conservadas en la colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Solana fue pintor y escritor español nacido en Madrid, vinculado al expresionismo. Después de estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando entre 1900 y 1904, alterna estancias entre Santander y Madrid, para formar su propio estilo, ajeno al academicismo y al mundo de las vanguardias. Se mueve en los círculos intelectuales frecuentados por Valle-Inclán, Zuloaga y Ramón Gómez de la Serna, y participa en las tertulias de cafés madrileños, que inmortalizará en algunos de sus cuadros. Continuador de la estética de la España Negra, la obra de Solana se relaciona también con la pintura barroca española, y, sobre todo, con el Goya de las Pinturas negras, de quien tomó su paleta de negros, ocres y pardos. Su pintura refleja, como la de Darío de Regoyos y la de Ignacio Zuloaga, una mirada subjetiva, pesimista y degradada de España similar a la de la Generación del 98. Fue, además de pintor, escritor costumbrista y grabador y una personalidad obstinadamente excéntrica, irreducible a cualquier encasillamiento, ya que la suya es una trayectoria ajena tanto a las vanguardias, que no ignoraba, como a la tradición académica.

Solana representaba en sus cuadros escenas tomadas directamente de la realidad, a través de sus temas favoritos, una realidad oscura en la que se mueve con la mayor naturalidad: procesiones, máscaras, vitrinas, traperos, personajes extraños, bodegones de connotaciones necrófilas, interiores asfixiantes o mujeres de la vida, exponentes de una perspectiva sombría de la realidad española que plasmó en sus obras mediante una paleta oscura y muy empastada.

Las seis pinturas de la colección ofrecen una representativa visión del conjunto de su obra. En ellas están presentes algunos de los temas que obsesionaron siempre a Solana, como el espectáculo de los ritos religiosos callejeros, la muerte o el carnaval. En el más temprano de estos lienzos, Procesión de noche (1917), la composición está organizada en un doble friso: el de las imágenes de culto por un lado y el de los asistentes a la procesión por otra. Paradójicamente, es en el friso superior, destinado a lo inanimado, donde el artista ha introducido movimiento y expresividad, mientras que el inferior, ocupado por lo humano, aparece dominado por la verticalidad, el estatismo y la inexpresividad. Los rostros de las dos beatas situadas en la parte inferior del cuadro tienen la apariencia de máscaras y recuerdan a ciertas figuras de las Pinturas Negras de Goya. El tema de la procesión vuelve a aparecer en El beso de Judas (1932), donde la gruesa pincelada de la etapa anterior ha sido sustituida por una técnica más contenida. A partir de 1930 se observa en su obra una evolución hacia una sensualidad más plástica, en la cual las figuras se hacen más nítidas y escultóricas.

La baraja de la muerte (1926-27) y Osario (1931) se sitúan en una larga tradición pictórica típicamente española, en la que se hace imprescindible la referencia a Valdés Leal. En el primero de los cuadros, también conocido como Bodegón del Juicio Final, el pintor ha desplegado, sobre una tosca mesa de madera, una serie de objetos –un espejo, unos naipes, una pistola, una armadura o una calavera– vinculados a la pintura de vanitas tradicional. En el Osario, que podría estar basado en algunas fotografías del osario de Palermo, unos monjes, sin dramatismo ni truculencia, preparan y acuestan a sus muertos con la misma naturalidad con que, en otras obras del artista, los barberos o las peinadoras preparan a sus clientes.

Por su parte, Santos de Pueblo (1929) constituye una inquietante naturaleza muerta en la que sobre un fondo claro, el pintor ha dispuesto, despojadas de su contexto sagrado, una serie de tallas antiguas de madera: una santa mártir, un san Roque, una Inmaculada y dos cristos, probablemente procedentes de la amplia colección que los hermanos Solana guardaban en su casa. En este sentido, el pintor expresó en varias ocasiones su entusiasmo por la imaginería española, en cuyo sentido del volúmen y expresividad llegó a ver, además, una posible fuente de renovación de la escultura contemporánea.

Por último, Máscaras bailando del brazo (1938), considerada una de las obras maestras de Solana, sintetiza una gran parte de los valores de su pintura. Realizada en París, donde el artista se encontraba exiliado a causa de la guerra civil, permaneció inédita hasta su adquisición por MAPFRE. De rico colorido y estudiada composición, este cuadro revela una exquisita sensibilidad cromática y una cuidada construcción visual, y desmiente el tópico de Solana como pintor del negro y de las descuidadas y rígidas o cargadas composiciones.

 

Solana grabador

Del interés de Solana por la estampa –especialmente por el grabado de temática costumbrista– hay abundantes testimonios en su obra literaria y en su propia biografía, pues casi todos los que estuvieron en casa del pintor recuerdan haber visto, junto a tallas, muñecas y relojes, abundantes estampas. Como grabador, mostró una concepción de este medio técnico como algo muy terminado y alejado de la experimentación, lo que estaba en consonancia con su obsesión de hacer de la pintura algo sólido, definitivo, y duradero. Ricardo Baroja y Darío de Regoyos jugaron un papel muy importante en la aventura de Solana como grabador.

La práctica del grabado se circunscribió a tres etapas muy concretas de su carrera. Así, al parecer se inició en el grabado hacia 1918 en la Escuela Nacional de Artes Gráficas de Madrid, donde realizó sus primeras planchas al aguafuerte y al aguatinta sobre cobre. Tras un paréntesis entre los años 1920 y 1931, retomó esta disciplina en 1932, época en la que acudió al taller de la Agrupación Castro Gil, donde grabó la serie más extensa de sus aguafuertes. Finalmente, en 1937 realizó tres litografías de tema bélico en Valencia, en la Casa de la Cultura habilitada en esa ciudad por el gobierno de la República.

La exposición reúne veinticinco de los veintiocho aguafuertes catalogados del artista y cuatro de las siete litografías que se conservan. En lo que a los aguafuertes se refiere, quince están realizados sobre planchas de cobre y el resto sobre zinc. Salvo contadas excepciones, como los primero aguafuertes que realizó en la Escuela Nacional de Artes Gráficas –La beata (c. 1918-20)–, o como La perra del pintor (c. 1932-33), todos los grabados de Solana –como Máscaras bailando cogidas del brazo (c. 1932-33), El rastro (c. 1932-33) o La peinadora (c. 1932-33)–remiten a un modelo pintado del que dependen muy directamente y, por este motivo, permiten acercarse de manera privilegiada a la obra del artista en sus diversas facetas. Técnicamente, la totalidad son aguafuertes puros, si bien algunos incluyen toques de punta seca y toques de aguatinta, y están estampados sobre papel Japón.

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Gutiérrez Solana

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