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Exposiciones

El programa La Obra Invitada, que dio comienzo en 2001, acerca al público obras temporalmente cedidas por otras instituciones y que en el museo adquieren nuevo significado al ser presentadas como una exposición de una sola obra y en el contexto de la colección permanente. En 2004 la Fundación Banco Santander se sumó a esta iniciativa como patrocinador, haciendo posible la organización de varias convocatorias anuales y, en ocasiones, prestando obras de su propia colección. Desde su inicio, y contando esta nueva cita, el programa ha tenido 41 convocatorias que han permitido contemplar de esta forma tan singular 48 obras.

Se exhibe ahora una obra de madurez de uno de los maestros de la pintura belga, Paul Delvaux (Antheit, Lieja, Bélgica, 1897–Veurne, Bélgica, 1994), asociado a la corriente surrealista aunque con una imaginería muy particular que yuxtapone elementos arquitectónicos clásicos, paisajes urbanos asociados a la idea de viaje (como las estaciones ferroviarias), figuras hieráticas, generalmente femeninas, vestidas o desnudas, y esqueletos contradictoriamente vivientes. Todos estos elementos conformarán un repertorio visual muy complejo y recurrente a lo largo de su trayectoria.

La temprana pasión de Delvaux por el dibujo pervivirá para siempre en sus composiciones, en las que las líneas de perspectiva, como en la pintura del primer Renacimiento que él tanto admiraba, construyen escenarios geométricos de apariencia transitable. Lugares remotos y paisajes desolados que recuerdan la admiración de Delvaux por los espacios metafísicos de Giorgio de Chirico (Vólos, Grecia, 1888–Roma, 1978).
También en la pintura de Delvaux, como en la del italiano, se advierte la ausencia de tiempo, el instante detenido, que hace imposible el diálogo entre los personajes y que causa una honda sensación de extrañeza, de presenciar una estudiada puesta en escena y un complejo relato pertenecientes a otro lugar y a otro tiempo.

La obra que ahora se exhibe, titulada L’appel y fechada en 1944, procede de la Colección Telefónica, que ya colaboró con este programa en 2011 prestando, precisamente, una obra destacada –La Belle Société, 1965-1966– del otro gran pintor surrealista belga de los años treinta y cuarenta, René Magritte (Lessines, Hainaut, Bélgica, 1898–Bruselas, 1967), nacido apenas un año después que Delvaux. Ambos se conocieron en 1935 y mantuvieron un largo y fructífero intercambio de experiencias artísticas. Se da la circunstancia, además, de que la colección del museo conserva una obra de madurez –Vierge et mondaine, c. 1933– de otro maestro belga, James Ensor, nacido dos décadas antes y que sirvió como hilo conductor de la tradición pictórica flamenca en el gusto por el contenido grotesco y por la ejecución minuciosa y la riqueza cromática.


Paul Delvaux (Antheit, Bélgica, 1897-Veurne, Bélgica, 1994) pinta L'appel en 1944, cuando era ya un artista ampliamente reconocido. Había expuesto junto a pintores como Magritte, viajado a Italia en dos ocasiones, participado en la Exposición Internacional del Surrealismo con sedes en París y México y realizado su primera retrospectiva en el Palais des Beaux-Arts de Bruselas. Tenía 47 años y le quedaban aún medio siglo de oficio y premios a su trayectoria como pintor, que incluyó bienales, exposiciones retrospectivas, condecoraciones y homenajes. Paul Delvaux fue uno de los más afamados pintores belgas, unido a la corriente del surrealismo y, al mismo tiempo, uno de sus seguidores más indefinibles y personales.

En sus primeras obras Delvaux recoge influencias del paisajismo francés, sobre todo de la Escuela de Barbizon y de Courbet, y del simbolismo y expresionismo de Ensor y Permeke. Entre 1920 y 1924 estudia arquitectura y pintura en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, y es a partir de los años treinta cuando va desarrollando su estilo personal, traído de aquellas experiencias que viviera en su infancia y juventud. Le sirvieron de inspiración, entre otras, la lectura de los libros ilustrados de Julio Verne, las clases escolares de griego y latín, que le acercaron al mundo clásico, y las visitas a la Feria de Bruselas, donde quedó impresionado por las curiosidades médicas del Museo Spitzner. Todas ellas, sugerencias fundamentales que nutrirán su inconfundible mundo de representación.

La composición de L’appel presenta diversos motivos característicos en su obra: el esqueleto, la mujer y la arquitectura clásica. En el laboratorio de biología donde estudiaba de niño quedó fascinado por los esqueletos que colgaban de las paredes, alimentando el aspecto más lúgubre de su particular iconografía. Las mujeres, venus o evas desnudas, que aparecen en sus escenas y que rara vez miran al espectador tienen un aire hierático e inexpresivo como si de maniquíes se tratara, y pueblan de un modo inquietante la arquitectura-escenario de sus lienzos.

Las escenas parecen narraciones de un momento atemporal: no hay explicación a lo que sucede en el cuadro, no al menos una fácil. Es ahí donde la inspiración clásica unida a la surrealista da como resultado estructuras que deben mucho, según él mismo reconocería, a su encuentro con la obra de Giorgio de Chirico y sus paisajes metafísicos. Sus composiciones tienen proporciones geométricas dentro de un academicismo sumamente clásico y simulan un decorado teatral pero silencioso en el que las figuras-actores mantienen relaciones desconcertantes. De este modo, “decorados y figurantes” conforman lo simbólico de su lenguaje.

Texto: Laura Ramón Brogeras
Gestión de Colecciones. Fundación Telefónica.

 

L’appel, 1944
Óleo sobre lienzo. 156 x 160 cm
Colección Telefónica

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L'appel

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