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Exposiciones

Mariano Fortuny (Reus, Tarragona, 1838-Roma, 1874) es uno de los pintores más destacados del arte español del siglo XIX. Además de este papel central en la pintura decimonónica, la estrecha amistad que mantuvo con el pintor bilbaíno Eduardo Zamacois (Bilbao, 1841-Madrid, 1871) añade interés a esta nueva convocatoria –la número 49– del programa la Obra Invitada. Ya en 2006 una obra del final de su carrera, Playa de Portici, fue parte de este programa y poco después, en 2007, la exposición organizada por el museo Zamacois-Fortuny-Meissonier mostró, junto a las de su amigo Zamacois y a las del maestro de éste, Meissonier, una decena de obras destacadas de Fortuny. En esta ocasión, se expone una de las mejores del final de su carrera artística, la acuarela El vendedor de tapices, fechada en 1870.

Zamacois fue amigo de los pintores españoles Raimundo de Madrazo, Eduardo Rosales y Martín Rico, pero, sobre todo, de Mariano Fortuny, a quien ayudó a introducirse en los círculos artísticos y en el difícil mercado de arte parisino. Entre ambos pintores se estableció una estrecha y duradera relación profesional y personal. Fortuny es, precisamente, el autor del más célebre retrato de Zamacois, un aguafuerte realizado en 1869 que pertenece a la colección del museo. La relación con Mariano Fortuny surgió en otoño de 1866. Zamacois ofreció entonces su estudio parisino a Fortuny para que pudiera mostrar sus obras recién traídas de Roma. Fue allí, precisamente, donde buena parte de la colonia española quedó impresionada por la pintura de Fortuny. El propio Zamacois admiró el talento de su colega, de quien destacó su maestría en la técnica de la acuarela. Desde ese momento, los dos pintores se hicieron amigos y el bilbaíno le presentó a algunas de las figuras más importantes dentro de la biografía de Fortuny, entre estos, al célebre marchante Adolphe Goupil, al influyente coleccionista americano W. H. Stewart y a un buen número de artistas que residían en París, entre los que se encontraba su maestro, el pintor Ernest Meissonier.



En marzo de 1859 el joven pintor catalán Mariano Fortuny llegó a Roma para perfeccionar su oficio, pensionado por la Diputación de Barcelona. Contactó muy pronto con los pintores llamados macchiaioli, aunque Fortuny nunca fue tenido como tal.

La Diputación de Barcelona le encargó un reportaje gráfico sobre la guerra colonial española en el norte de África, por lo que viajó dos veces a Marruecos, y de ahí le surgió el interés por el tema orientalista.

La pintura de Fortuny obtuvo un gran éxito y el pintor pronto pudo alquilar el palacio de Vigna Giulia, en la via Flaminia, donde estableció su estudio e instaló su copiosa colección de objetos antiguos, que utilizaba como attrezzo para componer sus cuadros. Fortuny se inspiraba en la pintura de Goya y la interpretaba con un preciosismo detallista que alternaba con el tratamiento suelto propio de los macchiaioli y de los primeros impresionistas franceses.

Sus principales clientes eran los ricos turistas de la Ciudad Eterna, pero pronto se interesaron por él los grandes coleccionistas, lo que motivó que el célebre marchante de París Adolphe Goupil estableciera con él contratos de exclusividad por altas cifras anuales. Fortuny, por su parte, tenía que doblegarse a la demanda de los clientes, que solicitaban escenas anecdóticas con personajes vestidos con casaca o también con costumbres exóticas del mundo islámico. Recordemos que eran los tiempos de las grandes expediciones y viajes, y de la instauración de los imperios coloniales. Pero en la pintura de Fortuny lo determinante no son los asuntos, generalmente banales, sino el uso magistral del color y la luz, y el prodigioso dominio técnico.

Sabemos que Fortuny terminó El vendedor de tapices en París, en el estudio que le prestó su amigo el pintor Jean-Léon Gérôme, y que lo presentó públicamente en la exposición que le preparó Goupil en su galería de la plaza de l'Opéra en mayo de 1870. Aquella muestra reunía y ponía a la venta, a unos precios que hicieron estremecer al mundo, las mejores obras del artista: La vicaría, Los bibliófilos, El encantador de serpientes y nuestra acuarela, que llevaba el título Le marchand de tapis au Maroc. La compró por 20.000 francos el banquero Murrieta, un vasco establecido en Londres y hombre de grandes negocios. El más famoso crítico de arte del París del Segundo Imperio, Théophile Gautier, habló elogiosamente de aquella exposición y de nuestro cuadro, e inmediatamente se hizo eco del acontecimiento la prensa de la época. El vendedor de tapices se hizo famoso sobre todo a partir del álbum monográfico que editó Goupil en 1875 con motivo de la inesperada muerte del artista, que sólo tenía treinta y seis años.

En julio de 1956 lo adquirió en la Sala Parés de Barcelona el industrial Josep Sala Ardiz por la respetable cantidad de 350.000 pesetas. En febrero de 1980 El vendedor de tapices llegaba a Montserrat como parte del legado de la extraordinaria colección de arte del señor Sala, que motivó una ampliación del museo.

 


Josep de C. Laplana
Director del Museu de Montserrat, Barcelona

 

Mariano Fortuny (Reus, Tarragona, 1838-Roma, 1874)
El vendedor de tapices. 1870
Acuarela con toques de témpera sobre papel. 59 x 85 cm
Museu de Montserrat, Barcelona
N. R. 200.419. Donación de Josep Sala Ardiz, 1980

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Mariano Fortuny

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