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Exposiciones

La Obra Invitada es un programa original del Museo de Bellas Artes de Bilbao con el que se pretende acercar al público obras singulares de otros museos o colecciones, con el propósito de enriquecer la visión de autores presentes en la colección del Museo, como en este caso, o de mostrar autores no representados.

Esta serie de exposiciones monográficas dieron comienzo en 2001, y cuenta desde 2004 con el patrocinio de la Fundación Santander Central Hispano. En esta ocasión se abre la decimoséptima edición, que ahora, y hasta el próximo 15 de abril muestra en el vestíbulo del edificio antiguo del Museo, una hermosa pintura procedente del Museo Romántico de Madrid del artista Carlos de Haes (1826-1898), principal representante del paisaje realista en España, quien ejecuta en esta obra un magistral estudio de pintura orientalista. El pintor nos muestra un templo egipcio rodeado por palmeras y con diversos personajes ataviados con túnicas.

 

Pintor de origen belga, su familia se establece en Málaga en 1835, donde recibirá lecciones de dibujo del pintor miniaturista Luis de la Cruz y Ríos. Esta primera formación, de corte academicista le proporcionó sólidos conocimientos técnicos en los que basó toda su producción artística. En 1850 regresó a su Bruselas natal, y allí de la mano de Joseph Quineaux conoció la importante tradición del género del paisaje y el descubrió la pintura al aire libre, ambas determinaron sus temas y su estilo.

En 1856 Haes regresó a España, y comenzó a ser conocido, a través de su participación en las recién creadas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, por sus paisajes tomados directamente del natural, que despertaron el interés del público y la crítica. Aunque sin alcanzar la radicalidad de los pintores de la Escuela de Barbizon, su técnica y su actitud ante la naturaleza suponen un soplo de aire fresco en el anquilosado ambiente del academicismo español. Si sus primeras obras muestran todavía rastros del paisajismo romántico, con el tiempo evoluciona hacia un realismo más inmediato, de luz nítida y colores brillantes. En 1857, Carlos de Haes fue nombrado profesor de la Escuela de Pintura de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Desde su cátedra formó a muchos destacados pintores, como Aureliano de Beruete, Jaime Morera y Darío de Regoyos, entre otros, que renovarían por completo la visión del género del paisaje en el panorama artístico español de su época, transformando la sugestión fantástica del paisaje romántico en una interpretación sincera y directa de la Naturaleza.

Convertir la naturaleza en paisaje requirió una visión especial, exigió elaborar de otro modo las percepciones ópticas. Si comparamos la pintura de paisaje inaugurada por Carlos de Haes (1826-1898) con la que fue inmediatamente anterior, advertiremos que ésta fue un verdadero despertar, un abrir los ojos a otra manera, un descubrir algo que, evidentemente ya estaba, pero que se empezaba a ver de otro modo.

Sin embargo, estos años se caracterizaron también por su capacidad de paradoja y de confusión: por un lado perduraba un mundo -de claros tintes románticos- que no acababa de desaparecer; de otro, coexistiendo con él, las primeras manifestaciones de una nueva visión y de ruptura. El arte avanzado del siglo XIX vaciló entre los polos opuestos de la interioridad psicológica romántica y la objetividad impersonal de la nueva tendencia realista, que creía que las formas naturales eran expresivas de por sí y transmitirían directamente sus significados a la pintura, sin necesidad de recurrir a la convención.

Una de las premisas fundamentales de esta nueva visión del paisaje -siguiendo los pasos anteriores de la tradición de la escuela flamenca de paisaje del siglo XVII y los más modernos de la escuela francesa de Barbizon- era transcribir la realidad sin modificaciones previas. Fue precisamente Haes quien se opuso con más fuerza -en sus propias palabras- a "los ensueños e invenciones fantásticas", a la visión bucólica o subjetiva, apostando por la observación de los lugares naturales sin apriorismos idealistas, a ser posible recogidos al aire libre -plein air- y sobre los que el pintor tenía una experiencia directa. En este sentido el paisaje inaugurado por Carlos de Haes y sus seguidores resultó verdaderamente un antídoto -tanto temática como técnicamente- e imprimió marcas indelebles en la pintura española como transición entre los ideales románticos y el realismo.

Pero curiosamente este lienzo - Paisaje oriental, (Museo Romántico, Madrid)- que ahora tenemos la ocasión de presentar, y que fue uno de los últimos realizados por el pintor (1883), puede ser claro exponente de esa contradicción de la que hablábamos: aunque el paisaje está captado de una manera naturalista y en él abandona el colorido sombrío de su primera época a favor de una gran luminosidad y riqueza cromática, su temática y visión se halla todavía contaminada de cierta nostalgia romántica.

En primer lugar, no se trata de un paisaje tomado del natural o realizado al aire libre -el artista nunca viajó a Egipto-, sino de una reelaboración construida en su estudio; además, no refleja tampoco una experiencia objetiva y directa, ya que no trata de captar las apariencias, sino la realidad oculta tras ellas, el misterio e incluso la nimiedad del ser humano frente a la naturaleza: el paisaje, junto a la ruina -símbolo de la caducidad y transitoriedad de las grandes obras del hombre- se describe como algo puro, armonioso, un orden natural que existe desde tiempo inmemorial.

También es verdad que, aunque se trata de una imagen pintoresca y orientalista, nada tiene que ver con los cuadros de un Genaro Pérez Villamil, pintor romántico especialmente denostado por Haes. Muy al contrario, la particularización del paisaje -su aproximación naturalista- lo diferencia claramente de las producciones "inventadas" de éste. Con seguridad no se trata de algo imaginado, sino solidamente documentado a través de algún libro de viajes o, más claramente, de alguna fotografía de las que circulaban con asiduidad entre los talleres de diferentes pintores (templo de Kom Ombo, en la orilla oriental del Nilo).

Parece ser que ésta no fue su única obra con temática orientalista egipcia ya que, en 1862, se publicó en la importante revista El  Arte en España, la única litografía que se conoce del belga, titulada País Egipcio. Esta puede ser considerada como un precedente de la pintura, ya que -aunque desarrollada en sentido horizontal y con un panorama más amplio- presenta una vista del mismo templo, esta vez sin la minúscula presencia de la figura humana. En ambas obras destaca el respeto por captar la apariencia de la naturaleza hasta en los más minúsculos detalles: en la brisa entre las hojas de las palmeras, en las variaciones de luz y sombra y en los matices de color, fruto, no simplemente de una espontánea simpatía por el paisaje, sino de un laborioso proceso de aprendizaje del lenguaje artístico.

Begoña Torres González
Directora del Museo Romántico

 

Carlos de Haes (Bruselas, 1826-Madrid, 1898)
Paisaje oriental, 1886
Oleo sobre lienzo, 190 x 130 cm


Paisaje oriental

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